Lo dijo mejor Voltaire: “La cultura no evita la crueldad, sólo la hace más sofisticada”.
Por si la historia no lo demostrara suficientemente, especialmente en el abyecto siglo XX, son perfectamente compatibles, el refinamiento y la alta cultura con la programada y minuciosa eliminación de los congéneres. Los oficiales nazis leían a Goethe y escuchaban ópeas wagnerianas, al tiempo que cometías sus iniquidades.
Poeta vocacional y médico psiquiata de profesión, Radovan Karadzic, localizado hace unos días en su escondite de Nuevo Belgrado y detenido por los servicios secretos serbios (¿solos o en compañía de otros?) , llevaba 12 años, tras el fin de las guerra serbo-bosnia, oculto y camuflado por un bizarro look de siniestro Santa Claus, una melena y barba blanca de venerable clochard a lo Moustaki, de valleinclanesco vagabundo, de siniestro abuelito de Heidi.
Responsable de la depuración etnicista y la violencia fraticida llevaba a cabo en la guerra que tuvo lugar tras la desintegración de la Federación yugoslava como presidente la república serbia de Serbia- Herzegovina -Srpska-, en su escondrijo, el Doctor no se privaba en su nueva e incógnita vida de participar en sociedad, bajo el heterónimo de Dragan Dabic, manteniendo una página web de información médica y trabajando como especialista en medicina alternativa en una clínica de Belgrado.
Será trasladado al Tribunal Penal Internacional de La Haya donde pesan sobre él cargos por genocidio, debidos al cerco de Sarajevo (12000 muertos) y la matanza de civiles musulmanes en Srebrenica (7000 muertos en 1995).
Requisito solicitado a Serbia por la comunidad internacional para su integración en la UE o no, el mundo es algo mejor ahora, sin ese barbudo de apariencia venerable que tiene una págima de oro en la historia universal de la iniquidad.